Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

683. La Bella Aurora (Leyenda Urbana - Quito)

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 10

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez en el Quito colonial una joven de nombre Bella Aurora. La joven vivía en el corazón mismo de Quito, desde su balcón se podían escuchar claramente las campanas de la Catedral cuando estas tocaban a misa marcando los ritmos de aquella población. Su belleza era tal que los vecinos decían que el sol se demoraba en salir solo para verla despertar. Era hija única, criada entre tapices bordados, libros de canto y jardines de geranios. Su voz, dulce y clara, voz que cruzaba sin dificultad los muros gruesos y llegaba a los oídos de todos aquellos que pasaban por debajo del balcón de la casa 1028.

En el medio de la ciudad estaba la plaza mayor, que luego se conocería como la plaza de la independencia. Allí como era la costumbre de la época se celebraban las más importantes de las fiestas y entre ellas las muy tradicionales corridas de toro que enmarcaban las múltiples fiestas religiosas de la señorial ciudad. 

Durante una de aquellas fiestas se programa una gran corrida de toros y como era costumbre la crema y nata de la sociedad debía hacerse presente en los palcos alrededor del ruedo. Siendo que ya Bella aurora  ya había sido presentada en sociedad sus padres decidieron llevarla a la corrido para mostrarle a toda la gente prestante de Quito cuan bella era sus hija Aurora. Ella aunque tímida acepto y gracias al acompañamiento de su madre que le escogió un bello mantón de color marfil y una preciosa peineta de nácar que le hacia juego con su vestido de núbil doncella, salió simplemente radiante hacia la plaza. Camino junto a sus padre por las calles empedradas de la sin igual Quito. Los transeúntes paraban y se enmudecían al ver la belleza de aquella joven que iluminaba su paso con su sonrisa y su gracia al caminar..

La plaza estaba llena. Con prontitud se dirigieron a su palco que se encontraba en el lado sur  de la plaza, justo debajo de la gran catedral de quito. Desde allí podrían observan en detalle los acontecimientos taurinos. El aire olía a pólvora, sudor y flor de naranjo y la expectación crecía con cada segundo mientras los toreros desfilaban por la arena. Finalmente los primeros clarines sonaron, y de la puerta de toriles emergió un toro negro, enorme, de pelaje brillante como obsidiana y ojos que no parecían de este mundo. Aquel astado era realmente imponente y al salir todos los asistentes simplemente callaron. Pero aquella bestia negra No corrió. No embistió. Simplemente caminó con lentitud, como si cada paso fuera parte de un ritual antiguo. Todos miraban con estupor sin comprender porque ese animal recorría la plaza tomando su tiempo e ignorando la presencia de el torero que ya se acercaba a el con el capote desplegado con sus dos brazos extendidos. Pero el Toro negro siguió dando la vuelta a la plaza mirando al público allí presente. De pronto al llegar frente a la catedral se detuvo, justo al frente del palco donde Aurora lo observaba curiosa. Y en ese instante sus ojos de animal se cruzaron con la mirada dulce de la joven. 

El toro estaba mirando a Aurora y solo a ella.  Pero no era una mirada animal. Fue una mirada larga, profunda, como si la conociera desde antes de nacer. Como si supiera que el destino le tenía preparado aquel encuentro. .

La joven sintió un escalofrío en todo su cuerpo. No podía apartar su mirada de aquel toro negro que se encontraba a escaso metros de ella. Su respiración se cortó. El mundo se volvió borroso. Y cayó al suelo, desmayada.

Sus padres, alarmados, la tomaron en brazos y salieron de la plaza entre murmullos y miradas. La llevaron a casa, donde los criados encendieron velas, prepararon agua de toronjil y rezaron oraciones antiguas. Bella Aurora no

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