Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

735. La palabra prohibida

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 62

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre que vivía en una choza humilde y rodeado de una pobreza tal que hasta las ratas habían huido por falta de migajas. Este hombre, desesperado tras el nacimiento de su hijo, salió a los caminos buscando un padrino. Toco todas las puertas del pueblo suplicando por una alma caritativa que lo representara en el bautizo de su hijo recién nacido, pero tras ser rechazado por los ricos y los santos, se topó con la Muerte. Ella, viendo la sinceridad en la miseria del hombre, aceptó el honor y le dijo que ella se encargaría de todo lo necesario para celebrar el bautizo de su hijo.

El banquete de bautizo fue un evento singular. No hubo manjares finos, pero sí corrió el vino en abundancia. La Muerte, esa figura habitualmente pálida y severa, se mostró esa noche extrañamente jovial. Bebió copa tras copa, sus mejillas cadavéricas se tiñeron de un rubor inusual y sus carcajadas resonaron haciendo temblar las vigas de madera podrida.

Ya entrada la madrugada, con la lengua suelta por el alcohol y sintiéndose generosa, la Muerte abrazó a su compadre y le susurró un regalo divino y terrible a la vez:

—Compadre —dijo con voz pastosa pero firme—, por el ahijado que hoy me das, te haré el hombre más poderoso de la tierra. Te otorgo el don de curar lo incurable. No necesitarás hierbas, ni sanguijuelas, ni pócimas. Bastará con que poses tu mano sobre el enfermo o te plantes, firme como un roble, junto a su cabecera. Al instante, la fiebre huirá y la vida volverá a sus ojos. Ese será mi regalo como compadre. 

El hombre lloró de gratitud, pero la Muerte levantó un dedo huesudo para imponer silencio.

—Pero escucha bien, compadre, pues todo don tiene su precio. Tú serás el médico eterno, sí, pero tu propia vida estará atada a una sola palabra. Jamás, bajo ninguna circunstancia, podrás pronunciar el cierre de las oraciones ya que esa palabra va contra lo más fundamental de mis principios. El día que digas “¡Amén!”, ese día se acabará tu suerte y vendrás conmigo.

El hombre aceptó sin dudar. ¿Qué importaba una palabra si a cambio tendría el mundo?

Los años pasaron y la profecía se cumplió. El antiguo mendigo se convirtió en una leyenda. Reyes y emperadores viajaban leguas solo para ser tocados por su mano. Construyó palacios, vistió sedas y el oro se acumulaba en sus bodegas como si fuera grano. Se volvió un hombre de ciencia, arrogante y seguro, y con el tiempo, dejó de ir a la iglesia, no por falta de fe, sino por un terror supersticioso a que la palabra prohibida se le escapara en un susurro.

Un día, embriagado por su propia grandeza o quizás movido por la curiosidad de ver a su vieja protectora, decidió emprender un viaje para visitar a la Muerte.

El camino era largo y serpenteaba por bosques antiguos. Fue allí, en un recodo del sendero cubierto de neblina, donde encontró a un niño sentado sobre una piedra musgosa. El pequeño lloraba con un desconsuelo que partía el alma, frotándose los ojos enrojecidos con los puños sucios.

El gran médico detuvo su carruaje y descendió, envuelto en su capa de terciopelo. —¿Qué te aflige, muchacho? —preguntó con tono paternal y condescendiente.

—¡Ay, señor! —gimió el niño, temblando—. No me atrevo a volver a casa. Mi padre es un hombre severo y me ha molido a golpes.

—¿Y cuál es la causa de tal castigo?

—Es que soy torpe, señor... Me ha mandado rezar, pero siempre olvido el final. No recuerdo las últimas palabras de la oración y él me pega cada vez que me callo.

El médico soltó una risa breve. La ignorancia ajena siempre le resultaba divertida. —¿Solo eso? —dijo—. A ver, dime, ¿qué palabra es la que se te escapa? ¿Acaso es “Padr