Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
737. El alma del Conde
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Habia una vez en el medioevo un conde llamado Ludwid que para el horror de su hijo Judwid Jr había muerto en medio de fiebres delirantes y gritos de espanto. . El hijo crecio y recordaba a su padre en aquellos últimos momentos y deseaba entender que había pasado con su padre. Ludwig Jr vivía en su condado y al igual que su padre había conservado su fortuna a partir de maltrato a sus súbditos y a la utilización de su poder para imponerse sobre todos en todas las situaciones. atormentado por la curiosidad más que por la piedad, hizo una promesa solemne ante su corte de aduladores:
"Aquel que tenga el valor de rasgar el velo de la muerte y traerme la verdad sobre el destino del alma de mi padre, será recompensado con una mansión y tierras propias. No quiero consuelos de clérigos, quiero la verdad." Y solo yo se como confirmar que es verdad
La proclama viajó de taberna en taberna hasta llegar a los oídos de un caballero caído en desgracia. Su armadura estaba oxidada y su capa raída, pero su mente era una biblioteca de sombras. Versado en las artes prohibidas de la nigromancia, este hombre, cuyo nombre la historia ha decidido olvidar para proteger su descanso, vio en el desafío su última oportunidad para salir de la miseria.
Una noche sin luna, el caballero trazó los círculos de protección con sal y mercurio en las ruinas de una capilla abandonada. Entonó palabras que hacían sangrar las encías y, tras un estruendo que olió a azufre y carne quemada, una entidad se materializó. No era una sombra deforme, sino un espíritu de maldad antigua, elegante y aterrador.
El caballero, temblando pero firme, exigió saber el paradero del Conde Ludwig. El demonio, atado por las leyes inmutables del conjuro, hizo un juramento estremecedor: —Por el Nombre Innombrable del Supremo y por el Juicio Final que a todos nos aguarda, te llevaré al sitio, verás lo que debes ver, y te regresaré a este plano mortal con el aliento aún en tu pecho.
El mundo se disolvió. El caballero sintió cómo la realidad se rasgaba y, de pronto, caminaba por senderos de ceniza caliente bajo un cielo de color púrpura enfermo. Vio ciudades de hierro incandescente y ríos de plomo derretido donde las almas se retorcían como gusanos en el fuego. Los gritos no eran humanos; eran la música de la desesperación eterna.
Su guía, inmutable ante el horror, lo condujo a través de nueve círculos de agonía hasta llegar a un pozo que parecía no tener fondo. Allí, sentado sobre una losa de piedra negra que sellaba el agujero, aguardaba un diablo colosal, cuya piel escamosa brillaba con el sudor del inframundo.
—Abre la boca del abismo —ordenó el guía—. Toca la llamada.
El guardián levantó la tapa ardiente. Una columna de calor, tan intensa que secó las lágrimas de los ojos del caballero al instante, brotó del agujero. El diablo tomó una trompeta de bronce, larga y retorcida como el cuerno de una bestia primordial, e introdujo la boquilla en la oscuridad.
Cuando sopló, el sonido no fue un viento, sino un terremoto. El caballero sintió que sus huesos vibraban y que el universo entero se estremecía ante aquel lamento metálico.
Del agujero, como un volcán en erupción, el abismo escupió una llamarada de azufre azulado. Y en el centro de las chispas, flotando en agonía, apareció el viejo Conde Ludwig. No era más que una silueta de dolor, con los ojos convertidos en carbones encendidos.
El caballero, armándose de un valor que no sabía que tenía, gritó sobre el estruendo: —¡Tu hijo me envía! ¡Quiere saber de tu estado y si existe alguna forma de aliviar tu condena!
La voz del espectro sonó como madera rompiéndose: —¡Mi estado