Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

762. Simón de Cirene

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 88

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez un hombre de hombros anchos y manos ásperas llamado Simón. Simon Venía de las tierras de Cirene, donde el sol quema la arena y el viento huele a sal. Aquel día, Simón solo tenía un deseo en el corazón: atravesar las murallas de aquella ciudad, comprar algo de grano y regresar a su posada para sacudirse el polvo del camino.

Pero el aire en la ciudad era distinto; pesaba como el plomo y en el ambiente de la ciudad se sentía que algo enorme estaba sucediento. Pero el venia solo a comprar algunas cosas y marcharse lo antes posible..

Simón caminaba con paso firme estaba obviamente  ajeno a las intrigas de los palacios y a los gritos de los templos, no pretendía ni siquiera pasar por la plaza principal de aquella ciudad, estaba siguiendo un grupo de personas aunque no sabía hacia donde se dirigían, . De pronto, el flujo de la gente que iban delante de el se detuvo. Un muro de escudos romanos le impidió el paso. Parado allí en el borde mismo de aquella angosta calle de la ciudad el podía sentir que algunos de los presentes producían un estruendo de insultos, pero luego pudo escuchar que algunas mujeres lloraban con una tristeza que era difícil de ignorar. Su mirada se dirigió hacia donde provenían los llantos y finalmente lo vio. vio aparecer a un hombre semi desnudo. Un hombre que caminaba lentamente cargando un madero  como si llevara el peso del mundo sobre el. 

Aquel hombre no parecía un rey, aunque llevaba una corona de espinas que le hería la frente. Sus rodillas flaquearon frente a Simon y, con un estruendo seco, el pesado madero que cargaba golpeó las piedras de la calle. El condenado ya no podía más.

De prono Simon vio como Un centurión de mirada fría comenzó a recorrer con sus ojos la multitud que se encontraban en el borde de aquella callejuela. El Centurion No buscaba piedad ni compasión. El buscaba fuerza. Sus ojos se clavaron en los hombros y la contextura de Simón.

¡Tú! —rugió el soldado, señalándolo con el guantelete de hierro—. Levanta el madero y ayuda a este hombre. Carga con esto.

Simón sintió una punzada de rabia. ¿Por qué yo?, pensó. Él era un forastero, un hombre libre que nada debía a los romanos ni a aquel reo. Pero el brillo de las lanzas que rodeaban aquel centurión y aquel hombre en el suelo  no admitía réplicas. Con un gruñido de resignación, Simón se acercó y metió su hombro bajo la madera astillada.

En el momento en que el peso de la cruz se transfirió a su espalda, ocurrió algo extraño. Simón esperaba el dolor físico, pero lo que sintió fue un vuelco en el alma. Como si una fuerza especial lo hubiera tocado desde lo más profundo de su ser. Al levantar la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Jesús. No encontró quejas  en esa mirada, solo había  una gratitud tan profunda que Simón olvidó su cansancio su rabia inicial ya no importaba  su propósito de estar allí en la ciudad su destino estaba ligado a aquel hombre y a aquella cruz

Y con el peso de aquel madero comenzó a ayudar a aquel hombre a caminar. A medida que subían la cuesta del Gólgota, el mundo alrededor pareció desvanecerse. Ya no escuchaba los insultos de la turba. Solo escuchaba el ritmo de sus propios pasos y la respiración fatigada del hombre que caminaba a su lado. Y algo profundo había sucedido en su interior. Simón, que al principio sentía que debía cargar  el madero por obligación, ahora lo sujetaba con fuerza, como si quisiera llevarse él solo todo el dolor para que el otro pudiera caminar un poco más erguido. Su sacrificio ya no era algo insoportable era algo que  sentía glorioso.

Cuando finalmente llegaron a la cima de la colina, los soldados le ordenaron retirarse. Simón soltó la c