Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

776. Psyque y Cupido (Mito Greco Romano)

Juan David Betancur Fernandez Season 8 Episode 102

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Juan David Betancur Fernandez
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Había una vez, en un reino rodeado de acantilados y mares antiguos, una princesa llamada Psique. Su belleza no era común; no era de esas que alegran los ojos, sino de las que paralizan el corazón de aquellos insensatos que la ven. Los hombres cruzaban océanos solo para verla caminar, y cuando la observaban se olvidaban que era su deber llevar ofrendas a los templos de la mismísima Venus, la diosa del amor.

Y ya saben cómo son los dioses... no perdonan el olvido y venus lo recordaria.

Venus, envuelta en una furia de nubes doradas, llamó a su hijo, el travieso cupido (a quien muchos conocen como el dios del amor).

Cuando el candoroso cupido llego esta le dijo "Hijo mío, toma tus flechas doradas. Busca a esa insolente mortal llamada psique y haz que se enamore perdidamente de la criatura más monstruosa, fea y vil que camine sobre la Tierra"

El Amor voló hacia el palacio de la princesa dispuesto a cumplir la orden. Y entrando por una ventana de la torre donde la princesa dormía vio la vio allí placidamente durmiendo, y en ese preciso momento la luz de la luna iluminó su rostro de tal manera que el dios vio la belleza de la princesa en toda su magnitud y por esta razón sus nervios lo traicionaron.. Al sacar una de sus flechas, se herió accidentalmente el dedo con la punta de oro de su flecha y como consecuencia el sentimiento del amor se apodero de el. 

Puede parecer un contrasentido pero En ese microsegundo, el dios del amor quedó, por primera vez, completamente enamorado.

Mientras tanto, el padre de Psique, preocupado porque nadie se atrevía a pedir la mano de su hija (la veían más como a una diosa que como a una esposa), consultó al Oráculo de Delfos. 

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El Oráculo de los dioses dictó una terrible profecía para su familia: “Lleven a la princesa a la cima de la montaña más alta, vestida de novia. Su esposo no es un hombre, sino un monstruo alado que devora vidas”.

Con lágrimas de piedra, su familia la abandonó en la cumbre. Psique esperaba garras, colmillos y fuego. Sin embargo, lo que llegó fue Céfiro, el viento del oeste, que la levantó en un suspiro y la depositó suavemente en un valle escondido.

Frente a ella se alzaba un palacio de cristal y oro. Al entrar, las mesas se llenaban solas de manjares y unas voces invisibles, hechas de pura brisa, le susurraban: “Bienvenida, reina. Todo lo que ves es tuyo”.

Pero lo más extraño ocurría al caer la noche. En la oscuridad más absoluta, una presencia se deslizaba en su lecho. Sus manos eran cálidas, su voz era un poema y su ternura no tenía límites. No había monstruo allí; había un amante perfecto.

Eso sí, él le impuso una única y severa regla:

"Esposa mía, puedes tenerlo todo en este palacio. Pero jamás, jamás debes intentar ver mi rostro. Si me miras, me perderás para siempre".

Durante meses, Psique fue feliz en esa penumbra llena de secretos. Pero la mente humana es frágil, y la envidia ajena es venenosa. Sus hermanas, celosas de su riqueza, la visitaron en secreto y sembraron la duda en su mente: “¿Y si duermes con una serpiente gigante que te devorará cuando te descuides? Esta noche, esconde una lámpara y un puñal. Cuando se duerma, míralo. Si es un monstruo, trácatelas, le cortas la cabeza”.

Esa noche, el peso de la sospecha fue más fuerte que el amor. Esperó a que su esposo durmiera profundamente. Con manos temblorosas, encendió la lámpara de aceite y la acercó a la cama.

El corazón casi se le sale del pecho. No había escamas ni colmillos. Allí descansaba el mismísimo dios cupido, con sus alas de plumas blancas y rosas, y sus rizos dorados esparcidos en la almohada. Psique, embelesada, se inclinó para admirarlo... y el destino cobró su precio.

Una sola gota de aceite hirviendo resbaló de la lámpara y cayó sobre el hombro del dios.

Amor abrió los ojos. Miró la lámpara, miró el puñal y, con los ojos llenos de una tristeza infinita, desplegó sus alas. Antes de perderse en la noche, sus palabras flotaron en el aire como una maldición:

"El Amor no puede vivir donde no hay confianza".

El palacio se desvaneció. Psique se encontró sola en un bosque espinoso, llorando su error. Pero el alma humana, cuando ama de verdad, es capaz de desafiar a los mismos cielos. Decidió buscar a su esposo, aunque tuviera que caminar hasta el fin del mundo.

Fue a parar al templo de Venus, quien la recibió con una sonrisa cruel. Para recuperar a su hijo, la diosa le impuso cuatro tareas imposibles, cuatro misiones de cuento de hadas:

  1. Separar una montaña de granos mezclados antes del anochecer. (Psique lloró, pero un ejército de miles de hormigas, conmovidas, hicieron el trabajo por ella).
  2. Conseguir la lana de unas ovejas de oro salvajes que mataban a golpes. (Una caña del río le susurró al oído que esperara a que las ovejas durmieran para recoger la lana atrapada en los arbustos).
  3. Llenar una jarra con el agua negra del río Estigia, que brotaba de una roca custodiada por dragones. (El águila de Júpiter bajó del cielo, tomó la jarra con sus garras y le trajo el agua).

Finalmente, Venus le pidió el castigo definitivo: Bajar al mismísimo Inframundo, el reino de los muertos, y pedirle a la reina Proserpina una cajita con un trozo de su belleza divina.

Psique, usando su ingenio, sorteó al perro Cerbero de tres cabezas, pagó al barquero Caronte y logró regresar al mundo de los vivos con la caja en sus manos.

Pero la curiosidad es una sombra que persigue a Psique. A pocos pasos de reencontrarse con su amor, pensó: “Si abro la caja y uso solo un toque de esta belleza divina, él me amará aún más”.

Abrió la tapa. Pero dentro no había cosméticos ni hechizos de hermosura; había un sueño profundo, negro y estigio. Un humo denso la envolvió y Psique cayó desplomada en el camino, inmóvil, como una estatua de mármol. Había muerto en vida.

Mientras tanto, en el Olimpo, la herida de cupido se había cerrado, y su deseo de ver a Psique era ya insoportable. Escapó por la ventana de su palacio y voló por los cielos hasta encontrar el cuerpo inerte de su esposa.

Con infinita delicadeza, el dios retiró el sueño  de la muerte de los ojos de Psique, lo guardó de nuevo en la caja y, con la punta de una de sus flechas, le dio un tierno y suave pinchazo.

Psique abrió los ojos y lo primero que vio fue la mirada brillante de su esposo.

Cupido voló directo hacia Júpiter, el rey de los dioses, para suplicar su bendición. Júpiter, cansado de tanto drama divino, convocó a un gran consejo en el Olimpo. Mandó traer a Psique y le entregó una copa de cristal llena de ambrosía, el néctar de los dioses.

"Bebe, Psique", dijo el rey del Olimpo. "Hazte inmortal. Así, Amor jamás se separará de ti y vuestro lazo será eterno".

Incluso Venus, al ver la valentía de la joven y saber que ahora era una diosa de pleno derecho, sonrió y la abrazó.

Poco después, se celebró la boda más hermosa que los cielos hayan visto jamás. Con el tiempo, cupido el dios amory Psique tuvieron una hija, a la que llamaron Voluptas, que en el idioma de los mortales significa Placer.

Y así, la mitología nos recuerda que el alma humana (que en griego se dice Psique) debe atravesar pruebas, perderse en la oscuridad y vencer sus propios miedos para, finalmente, fundirse en el abrazo eterno del Amor verdadero.