Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda
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783. El alma de Lola (Infantil)
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un carpintero llamado Mateo. Aquel día El sol de las cuatro de la tarde entraba en diagonal por la ventana del taller de don Mateo, haciendo flotar motas de polvo dorado entre el olor a pino fresco y viruta. A sus setenta y tantos años, sus manos, gruesas y zurcidas por el tiempo, ya no se movían con la rapidez de antes, pero conservaban una precisión casi mágica.
Esa tarde no trabajaba en un mueble ni en una restauración importante. Sencillamente lijaba un pequeño trozo de roble que no tenía forma clara todavía. En el pueblo decían que Mateo no lijaba madera: la acariciaba hasta que soltaba una sonrisa.
De pronto, el timbre de la puerta de madera resonó suavemente. Era Lucía, la nieta de su vecino, una niña de ocho años con los cordones desatados y la mirada extraviada de quien lleva una pena demasiado grande para su tamaño. Hacía dos semanas que su perrita lola, la compañera de todas sus tardes, se había ido de viejita. Lucía casi no hablaba desde entonces.
Entró en silencio, caminó despacio entre los bancos de trabajo y se sentó en el taburete bajo, el que ocupaba desde que era pequeña para verlo trabajar. Mateo no dijo nada. No ofreció palabras de consuelo ni discursos sabios, porque sabía que hay dolores que las palabras solo rozan, pero no curan.
El viejo carpintero simplemente tomó una segunda lija, un trozo más pequeño de madera suave y se lo tendió sin prisa.
—Si me ayudas con esta esquina, terminamos antes —dijo con voz pausada, casi como un murmullo.
Lucía miró la madera, luego a Mateo, y tomó la lija. Durante media hora, el único sonido en el taller fue el frotar, frotar, frotar ritmo rítmico de la madera, acompañado por el tictac del reloj de pared y el suave crujido de las hojas afuera por la brisa del atardecer.
Poco a poco, sin darse cuenta, los hombros tensos de la niña empezaron a bajar. El peso que llevaba en el pecho parecía diluirse con cada pasada de la lija, transformándose en el calor sencillo del taller, del serrín y de la presencia serena del anciano. No había prisa. No había obligación de estar bien. Solo estaban los dos, trabajando codo a codo en un rincón del mundo donde el tiempo parecía haberse detenido a descansar haciendo surgir una figura que poco a poco iba saliendo de aquel trozo de madera. Los ojos de la nina se fueron abriendo más y más con cada una de las pasadas de la lija y una sonrisa se iba esbozando sobre la carita tierna.
Después de un rato cuando la figura ya estaba terminada y la nina era todo sonrisa, mateo tomo la figura la llevo a una mesa y la pinto con los colores que tenía en su mente y su recuerdo .
Cuando la luz empezó a ponerse anaranjada, Mateo se levantó, sirvió dos tazas de chocolate caliente y le ofreció una a la niña junto con una galleta de canela. Lucía tomó la taza entre sus dos manos pequeñas, sintiendo el calor atravesar la cerámica pero con sus ojos fijos en la figura.
Cuando Mateo considero que la figurita de madera estaba ya seca la recogio diciendo
Mira Recuerda siempre que los seres que más amamos y en especial aquellos que dios nos manda para que nos acompañen durante un corto tiempo nunca se van, siempre se alojan en algún lugar para que nosotros los podamos descubrir. Es necesario encontrarlos no con los ojos sino con el alma, El alma de tu perrita siempre estará contigo ya que se había depositado dentro de ese pequeño trozo de madera que me has ayudado a tallar y a pulir. Lo único que tuvimos que hacer fue limpiar un poco lo que la cubría y aquí esta contigo.
Y colocando en sus manitas la figura exacta de la perrita que acababan de crear juntos le dio un apretón de manos que abrazo el corazón de la niña.
Miró al viejo carpintero, que le sonreía en silencio con las arrugas de los ojos marcadas por la ternura, y por primera vez en dos semanas, dejó escapar una sonrisa leve, chiquita, pero verdadera. No hacía falta decir nada más. A veces sentimos un apretón de manos en el corazón, una certeza silenciosa de que, a pesar de las ausencias y los raspones del camino siempre hay un alma justa que nos hace sanar de nuestras heridas. Y feliz salió de aquel taller con la replica exacta de su perrita lola que ahora la miraba desde su cuerpo de madera.